Tocó un sueño en la punta de un alce; se quitó las gafas, las limpió y le dio al play. Un árbol, dos árboles, tres álamos, cuatro cerezos, cinco higueras... Sintió el rozar de sus labios en la mejilla, el golpear sordo de un piano, de un soplo el viento le levantó la falda, se oyó un último grito de resistencia, comenzó la crisis, la revolución, el cambio. Saltó en caída libre, calló de pie, como en los años de circo.
Un paso, dos pasos, se sentó al tercero, el sueño le vino despierta, recogió los besos flotando en el aire, de pie, tomó el asa de la maleta y estiró suavemente, se fue en un andar tranquilo, a penas notó los baches ni se le trabaron las ruedas en la hierba. Adiós, adiós, se deshizo en un ataque de llanto.
Ni que te hubieras caído de un guindo, alcanzó a decirle un gusano, a punto estuvo de reventarlo de un pisotón, pero no pudo más que gritarle que se callara. Sintió el fluir rápido de la sangre en sus venas, el bombeo convulso del corazón. Encendió un último cigarro, cerró los ojos y chupó tranquila, notó el humo colarse en sus pulmones, lo expulsó poco a poco, de pie en medio de la nada.
Tomó de nuevo la maleta y echó a andar, entre las lágrimas, en los últimos vestigios de su vida, demasiado vieja para el trapecio, demasiado joven para el retiro. Dejó que la última de sus lágrimas regase la semilla de un manzano. Hasta siempre, se dijo.
Ni que te hubieras caído de un guindo, alcanzó a decirle un gusano, a punto estuvo de reventarlo de un pisotón, pero no pudo más que gritarle que se callara. Sintió el fluir rápido de la sangre en sus venas, el bombeo convulso del corazón. Encendió un último cigarro, cerró los ojos y chupó tranquila, notó el humo colarse en sus pulmones, lo expulsó poco a poco, de pie en medio de la nada.
Tomó de nuevo la maleta y echó a andar, entre las lágrimas, en los últimos vestigios de su vida, demasiado vieja para el trapecio, demasiado joven para el retiro. Dejó que la última de sus lágrimas regase la semilla de un manzano. Hasta siempre, se dijo.
Siempre, joven o vieja, es tiempo de volver a empezar y volver a subir al trapecio, aunque se saboreen mil gusanos en el intento. Besos, reina.
ResponderSuprimirPreciosamente emotivo. Me ha recordado ligeramente a la canción de Andrés Suárez "Números cardinales", que, por si no la conoces, te dejo por aquí para que la escuches:
ResponderSuprimirhttp://www.goear.com/listen/0d22ebd/numeros-cardinales-andres-suarez
Espero que te guste tanto como a mi me gusta leerte :)
Si, ojalá y sigamos en el trapecio hasta el final, sin importar las limitaciones sociales y las autoimpuestos; el mercado laboral, los miedos, las reacciones sociales... nos cortan las alas a menudo, nos hacen -o nos hacemos sentir- desvalidos e invalidados. En fin... Un abrazo muy fuerte Índigo.
ResponderSuprimirMuchas gracias Wanderer, claro que conozco a Andrés Suárez, me gusta mucho. La verdad es que el texto no tiene nada a ver con la canción,por lo menos no en su planteamiento o en su surgir, hacía mucho tiempo que no la escuchaba; pero es un honor y un gusto que te la haya recordado, es una canción preciosa.
Es un texto muy bonito, me gustaría ver algo más extenso que vaya en sintonía con los dos primeros párrafos.
ResponderSuprimirSí, ando un poco desaparecido. Últimamente me da asco casi todo y cada vez que asomo la cabeza, enciendo la tele o abro un periódico se me revuelve el estómago. Así que me estoy dedicando a cultivar un poco el autismo monástico. Prometo volver. Creo.