"No tengo nada más que añadir", en una voz cara, de esas de radio, me dijo que me rajara, no quedaba sitio para mí. Recogí mis trastos, a penas cuatro bolígrafos, un cuaderno, dos mecheros y una petaca; y me fui. Me marché sin recordar el camino, borracho lo encontré a tientas; cerré de un portazo, buscando el poco de dignidad que me quedaba en algún sitio.
Busqué el botón del ascensor, me dormí esperando a que llegara, a la mañana siguiente me despertó el perro de la vecina, lamiendo el vómito de mis labios. Su beso me supo agrio.
Apoyado en una de las paredes salí del portal, con una mano me tapé los ojos, fuera brillaba un sol de mil demonios; me iba a estallar la cabeza. Con los años las resacas se habían vuelto peores. Me senté en un banco, saqué un cigarro, dos monjas me miraron escandalizadas, a punto estuve de salirles al paso. Me la casqué a gusto pensando en ellas.
Llegué a casa de madrugada, después de que me echaran del bar, de camino paré en un chino a comprar ginebra. En la tele no echaban nada, así que la tiré por la ventana, con el resto de los trastos del patio, o vertedero o como coño quieran llamarlo. Qué pena no poder tirar también a aquellos putos crios, me los imagino mayores, contándoles a otros borrachos sobre aquella vez que cantaron el gordo.
Encendí el juckbox, aquella nena sabía moverse, sabía hacer a un hombre feliz, lástima que se cansara tan rápido, me quería, en fin. Tal vez algún día me pase para recordar viejos tiempos.
No me acordaba de que habían cortado la línea, colgué el teléfono, miré por la ventana, tendría que comprar un nuevo televisor. Fui a la despensa, no había más que un bote de galletitas saladas rancias, me las comí.
Encendí la radio en una emisora de clásicos. Elliott viejo amigo, quizá no seamos las últimas estrellas del rock, pero qué coño, sólo necesito otra ginebra más.
Me quedé sopa en el sofá, rodeado de trescientas bolas de papel, escuchando los gritos de la pareja del piso de abajo, ya podían echarle las mismas ganas follando que al tirarse los trastos a la cabeza.
Me despertaron los golpes en la puerta, una rubia me traía un correo certificado, preguntó por mí y le dije que no estaba, le cerré la puerta en sus narices y me puse un whisky. Las arcadas me subieron a la boca y, a penas, tuve tiempo de llegar al cubo de la basura. Oí la llave en la puerta, esta vez el casero, no venía acompañado de un par de putas, como en los viejos tiempos. Dos tíos enormes me cogieron por los sobacos, sin darme tiempo a ponerme ni los pantalones, me largaron y cerraron la puerta.
Busqué el botón del ascensor, me dormí esperando a que llegara, a la mañana siguiente me despertó el perro de la vecina, lamiendo el vómito de mis labios. Su beso me supo agrio.
Apoyado en una de las paredes salí del portal, con una mano me tapé los ojos, fuera brillaba un sol de mil demonios; me iba a estallar la cabeza. Con los años las resacas se habían vuelto peores. Me senté en un banco, saqué un cigarro, dos monjas me miraron escandalizadas, a punto estuve de salirles al paso. Me la casqué a gusto pensando en ellas.
Llegué a casa de madrugada, después de que me echaran del bar, de camino paré en un chino a comprar ginebra. En la tele no echaban nada, así que la tiré por la ventana, con el resto de los trastos del patio, o vertedero o como coño quieran llamarlo. Qué pena no poder tirar también a aquellos putos crios, me los imagino mayores, contándoles a otros borrachos sobre aquella vez que cantaron el gordo.
Encendí el juckbox, aquella nena sabía moverse, sabía hacer a un hombre feliz, lástima que se cansara tan rápido, me quería, en fin. Tal vez algún día me pase para recordar viejos tiempos.
No me acordaba de que habían cortado la línea, colgué el teléfono, miré por la ventana, tendría que comprar un nuevo televisor. Fui a la despensa, no había más que un bote de galletitas saladas rancias, me las comí.
Encendí la radio en una emisora de clásicos. Elliott viejo amigo, quizá no seamos las últimas estrellas del rock, pero qué coño, sólo necesito otra ginebra más.
Me quedé sopa en el sofá, rodeado de trescientas bolas de papel, escuchando los gritos de la pareja del piso de abajo, ya podían echarle las mismas ganas follando que al tirarse los trastos a la cabeza.
Me despertaron los golpes en la puerta, una rubia me traía un correo certificado, preguntó por mí y le dije que no estaba, le cerré la puerta en sus narices y me puse un whisky. Las arcadas me subieron a la boca y, a penas, tuve tiempo de llegar al cubo de la basura. Oí la llave en la puerta, esta vez el casero, no venía acompañado de un par de putas, como en los viejos tiempos. Dos tíos enormes me cogieron por los sobacos, sin darme tiempo a ponerme ni los pantalones, me largaron y cerraron la puerta.
the flesh covers the bone
ResponderSuprimirand they put a mind
in there and
sometimes a soul,
and the women break
vases against the walls
and the men drink too
much
and nobody finds the
one
but keep
looking
crawling in and out
of beds.
flesh covers
the bone and the
flesh searches
for more than
flesh.
there's no chance
at all:
we are all trapped
by a singular
fate.
nobody ever finds
the one.
the city dumps fill
the junkyards fill
the madhouses fill
the hospitals fill
the graveyards fill
nothing else
fills.
"Alone with everybody", by Charles Bukowski
From "Love is a dog from hell (Poems 1974-1977)."