jueves 29 de diciembre de 2011

Más que suficiente (II)

Me desperté tranquila, dormías a mi lado, te observé durante horas, sin hacerle demasiado caso al periódico, al café, estaba enamorada, podía vivir del aire, del recuerdo de tus caricias a penas unas horas antes. Sonó el teléfono y me asusté al pensar que alguien pudiera alterar tu sueño. Lo desconecté en seguida, volvían a llamar de alguna operadora, nada importante, no tanto como mirarte. Se te veía feliz, hacía semanas desde la última vez que nos vimos y yo, yo pensaba, casi estaba segura, de que ya no me querías. 

Me recogiste en la estación de autobuses, me diste un beso y te dije eso de tenemos que hablar, me miraste desconfiado, dispara, mejor en casa. Hicimos el viaje en silencio, sé que ya no me quieres y el problema es que yo te quiero de más y no puedo aguantar estar contigo sin que tú también estés. Me miraste enfadado, y cómo es eso de que no te quiero; no y lo peor es que sé que es también culpa mía; ya sé que la distancia es difícil, que no nos vemos lo que podemos; hace casi un mes; y no sabes que largo se ha hecho pero..., sí lo sé, y entonces, entonces no pasa nada si no me quieres, eres tonta, sí lo soy...

Me abrazaste, fui capaz de dormir por primera vez en mucho tiempo, me desperté pensando en que ojalá y durara siempre. Me mudé contigo, me marché de ti y ahora vuelvo con la esperanza de encontrar mi lado de la cama vacío, el tiempo parado donde lo dejé, el Appetite for destruction girando en la cadena de música y la sonrisa de siempre esperándome en la puerta del dormitorio. 
 
Y no ha sido fácil, no ha sido fácil mirar atrás y perdonarnos, perdonarte, perdonarme; quizá aquel no fuera el momento, quizá fuera mejor así, somos demasiado jóvenes y nos queda tanto por hacer, pero lo hubiera dado todo por no caerme, por que  aquellos días en el hospital no hubieran sido más que un mal sueño. Estaba segura de que aquel sería el mejor error de nuestras vidas.

Al volver a casa no pude aguantarme la mirada en el espejo, no pude volver a mirarte a la cara, me eché la culpa y te la eché después a ti, por no estar en casa aquel sábado, por trabajar demasiado, por dudar desde el principio. Pensé en que no quisiste coger el teléfono. 

Noté como me rompía por dentro, antes de moverme supe que no había nada que hacer, me quebré en aquel grito y aún no he sido capaz de recomponerme. Sé que aún quedan piezas por barrer en tu casa, que algún día fue también la mía, la nuestra.

Toco el timbre y no estás, espero sentada en el portal.


3 comentarios:

  1. Latza.

    Las palabras ruedan entre espesuras grises, hasta terminar en una calma oscura.

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  2. Sueños de un cielo roTo. Besines en añil, mi bella.

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