Ella se llama Maialen, aunque yo prefiero llamarla Mai y, aunque en sus ratos libres se dedique a traducir libros del alemán al euskera, es artista a jornada completa.
Nos conocimos hará ya dos años y medio, en una Italia bañada de versos y alcohol, aunque a ella lo segundo no le importara demasiado. Compartimos kilometros y sueños y las canciones de un Ismael Serrano que nos ha traído hasta aquí.
Callada, ella prefiere escuchar, que para hablar demasiado ya estamos los demás. Cuerda en un mundo de locos, la más loca en un mundo de cuerdos. Ella no se autodefine porque no le hacen falta etiquetas, porque es una de esas personas libres hasta en la jaula. Valiente, y no porque no tenga miedo, valiente porque ella limpia los restos de sus temores después de matarlos a besos, pasa el trapo y luego lo escurre por la fregadera, porque hasta el miedo merece ir a parar al río.
Da pedales en la rueda de la vida, pasa despacio, no valla a ser que las prisas no le dejen disfrutar del color de los girasoles en un campo prendido. Le queman las entrañas cuando falsos idealistas hablan de una idea preconcevida que ni siquiera entienden.
Ella pasea a cara descubierta, sin más máscara que su piel, clara y ardiente tras la segundo vaso de sidra. Le canta a Heidi y a Alí Baba y a la sonrisa de las mujeres que nunca será. Se mueve en la ironía como pez en el agua y, si tuviera que compararla con alguien o con algo, me sería imposible acertar.
Ella es más Quijote que Sancho Panza, es un poco como Malena, en otra vida debió de ser un pájaro o un delfín, en Barrio Sésamo sería la mejor amiga de Elmo y del Monstruo de las galletas y si hubiera conocido a Klimt hoy podríamos verla retratada en uno de sus cuadros.
El día 11 de este mes iré a verla a Gasteiz, a escucharla cantar sus canciones, soplos calidos para una ciudad que ya amenaza con vestirse de blanco.
Nos conocimos hará ya dos años y medio, en una Italia bañada de versos y alcohol, aunque a ella lo segundo no le importara demasiado. Compartimos kilometros y sueños y las canciones de un Ismael Serrano que nos ha traído hasta aquí.
Callada, ella prefiere escuchar, que para hablar demasiado ya estamos los demás. Cuerda en un mundo de locos, la más loca en un mundo de cuerdos. Ella no se autodefine porque no le hacen falta etiquetas, porque es una de esas personas libres hasta en la jaula. Valiente, y no porque no tenga miedo, valiente porque ella limpia los restos de sus temores después de matarlos a besos, pasa el trapo y luego lo escurre por la fregadera, porque hasta el miedo merece ir a parar al río.
Da pedales en la rueda de la vida, pasa despacio, no valla a ser que las prisas no le dejen disfrutar del color de los girasoles en un campo prendido. Le queman las entrañas cuando falsos idealistas hablan de una idea preconcevida que ni siquiera entienden.
Ella pasea a cara descubierta, sin más máscara que su piel, clara y ardiente tras la segundo vaso de sidra. Le canta a Heidi y a Alí Baba y a la sonrisa de las mujeres que nunca será. Se mueve en la ironía como pez en el agua y, si tuviera que compararla con alguien o con algo, me sería imposible acertar.
Ella es más Quijote que Sancho Panza, es un poco como Malena, en otra vida debió de ser un pájaro o un delfín, en Barrio Sésamo sería la mejor amiga de Elmo y del Monstruo de las galletas y si hubiera conocido a Klimt hoy podríamos verla retratada en uno de sus cuadros.
El día 11 de este mes iré a verla a Gasteiz, a escucharla cantar sus canciones, soplos calidos para una ciudad que ya amenaza con vestirse de blanco.
